La piel, el mago y la piedra.
El sonido de su propio corazón parecía atravesarle los oídos como si los mil tambores del Día del Despertar estuvieran sacudiéndole la cabeza. A veces le impresionaba tanto la fuerza con la que palpitaba su pecho que llegaba a preocuparse por si le pudiera dar un ataque al corazón. Pero no era una enfermedad lo que lo hacía temblar así. La causa de su dolencia se encontraba a menos de diez centímetros de su piel. Se recostó sobre las sábanas de seda de color granate, que parecían deslizarse bajo su cuerpo desnudo y se reclinó para contemplarla. Casi podía sentir de nuevo el tacto de su piel en la yema de los dedos, tersa, más suave incluso que la seda que tenían bajo sus cuerpos, y cálida… No cálida como una brisa de verano, ni como el fuego de una chimenea en el invierno, no. Era cálida como uno de esos abrazos que se dan cuando dos personas conocen todos los rincones oscuros del alma del otro, uno de esos abrazos que da igual dónde estés, te hacen sentir en casa, en el hogar,...