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La Arqueología de los Libros

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         Pablo Suárez Acosta estaba en esa edad en la que uno empieza a perder el control de las cosas creyendo que lo tiene  completamente en su mano. Sin embargo, que empezara a atravesar por los inquietos y deslumbrantes años de la adolescencia no había conseguido borrar de su ADN mental la costumbre de leer todo aquello que caía en sus manos. Si bien, llegados esos años empezaba a preocuparse más por ciertos temas más “exóticos” que requerían de bastante material gráfico, el joven Pablo no había dejado de lado su pasión por la lectura.          Fue debido a su pasión, a su búsqueda de libertad y a su insaciable curiosidad, que decidió pedir a sus padres mudarse al desván, sin saber que a pesar de su amplitud era endemoniadamente frío en invierno. Sus padres por su parte, temiendo la recién llegada adolescencia, decidieron que sería mejor para Pablo y para su hermana menor, que todos tuvieran su propio espacio...

Ella lo dejó todo atrás.

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“Clanc” El sonido de la puerta al cerrarse era el mismo sonido que tenía su alma para salir a la luz. Y la luz estaba limitada a ese pequeño lugar en el mundo que era su apartamento. Lo había conseguido gracias a un amigo por un precio de lo más razonable. Zona céntrica, balcón, cocina, salón y dormitorios espaciosos. Más de lo que ella necesitaba, pero todo lo que deseaba. Poco a poco se había convertido en una parte más de ella. No estaba decorado en exceso, pero había pequeños detalles, como el color oscuro de la madera, souvenirs con pinta de tener cien años más de los que en realidad tenían… Esas cosas que lo convertían en una prolongación de ella misma. Dejó el abrigo colgado tras la puerta, aún no se había acostumbrado al clima húmedo de la zona y lo necesitaba cada vez que salía a la calle. Era viernes y se había acabado el trabajo. No sólo de toda la semana, el trabajo se había acabado por una temporada. Llevaba más de un año en el mismo lugar y la oferta que había re...

Cerró la boca.

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         Cerró la boca porque era su padre, y pensó que su padre sabía más que ella y que su madre, y probablemente que sus hermanas y hermanos. Así que cuando él decía algo, los demás escuchaban y hacían lo que debían. Lo que no debían era estar molestando con “peros” o “y si...” que no llevaban a nada más que a una discusión acalorada y a un dolor de cabeza innecesario. Así que cerró la boca, miró a su madre y aprendió a pensar lo que debía pensar.                   Cerró la boca cuando sus maestros dijeron aquello de que era buena chica, muy lista para su edad, pero que para pagarle los estudios a ella deberían hacer un sobreesfuerzo y era mejor invertirlo en su hermano mayor, que ya tenía un puesto asegurado en una empresa, a pesar de que no era muy rápido de mollera. Que ella empezaba a ser lo bastante guapa para no necesitar estudiar, porque seguramente en...

Decisión Infernal.

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Si tuviera que contaros cómo, cuándo, o por qué morí, no podría deciros nada. Eso no me haría dudar ni por un segundo de que actualmente y desde hacía un tiempo, yo estaba muerto. No era sólo una sensación vaga en el fondo de mi cerebro que me hiciera afirmar eso instintivamente, ni que literalmente vivíamos en una especie de infierno o paraíso, dependiendo de cómo lo vieras, sino que millones de almas a mi alrededor podrían afirmar lo mismo que yo. Estábamos muertos y vivíamos en el infierno. De cualquier modo el infierno no era un lugar “infernal”. Tenías tu trabajo, aquel que más te gustara, y podías cambiar de profesión si te apetecía, tenías tus amigos, comida, bebida, distracciones varias, etc. La mayoría de la gente estaba bastante conforme con esa “vida” diaria  y solían considerar que más que un infierno aquello era una especie de cielo en el que uno tenía una vida normal y se limitaba a dejar que el tiempo pasara delante de sus ojos. Para los demás aquella monotonía e...

La cañería del odio III: Final.

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La cañería del odio I La cañería del odio II El ruido de la cafetera mecánica soltando aire dentro de la leche para hacer espuma la despertó de su ensueño. Sus amigas seguían hablando animadamente en la mesa mientras se terminaban sus cafés y el suyo se enfriaba mientras tanto. Habían aprendido con el tiempo a dejarle tener esos minutos en los que su mente desaparecía por completo de la realidad. Habían pasado casi dos años desde que saliera caminando desnuda desde una casa ardiendo. Dos años desde que la encontraran así en la carretera y llamaran a la policía. Apenas un año y medio desde que metieron a su captor entre rejas. Tras aquello le había costado recuperar su vida. Más de lo que nadie se podría imaginar. Los meses sin querer ver a nadie, sin hablar, sin salir de su habitación en la que se quedaba mirando por la ventana durante horas interminables. Lo peor habría sido la mirada de aquellos que la conocían. Esa mirada en la que apenas podía reconocerse y que intentaba com...

La melodía del ser.

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Timothy Oldman nació en una de las calles más antiguas de Chicago, una de esas que olían a aceite de motor y en las que el camión de la basura podía dejar un aroma que duraba horas cuando la atravesaba de madrugada. Era un barrio de obreros y sus padres lo educaron como tal. Como un trabajador que hiciera lo que hiciera debería usar sus manos para ganarse la vida y seguir adelante para vivir tan dignamente como las circunstancias se lo permitieran. Sin embargo, y a pesar de toda la educación que Timothy tuvo durante su infancia, cuando apenas entraba en la adolescencia su familia tuvo uno de esos golpes de suerte que hace que las cosas giren 180º. Su madre consiguió un nuevo trabajo con el que los ahorros de la familia subieron como la espuma. Y con este golpe de suerte empezaron a surgir las aficiones de un chico que nunca se había podido permitir esos lujos. Había pasado su infancia pegado a una pequeña radio, de esas que apenas captan las emisoras en dos frecuencias, plateada y...