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La cañería del odio III: Final.

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La cañería del odio I La cañería del odio II El ruido de la cafetera mecánica soltando aire dentro de la leche para hacer espuma la despertó de su ensueño. Sus amigas seguían hablando animadamente en la mesa mientras se terminaban sus cafés y el suyo se enfriaba mientras tanto. Habían aprendido con el tiempo a dejarle tener esos minutos en los que su mente desaparecía por completo de la realidad. Habían pasado casi dos años desde que saliera caminando desnuda desde una casa ardiendo. Dos años desde que la encontraran así en la carretera y llamaran a la policía. Apenas un año y medio desde que metieron a su captor entre rejas. Tras aquello le había costado recuperar su vida. Más de lo que nadie se podría imaginar. Los meses sin querer ver a nadie, sin hablar, sin salir de su habitación en la que se quedaba mirando por la ventana durante horas interminables. Lo peor habría sido la mirada de aquellos que la conocían. Esa mirada en la que apenas podía reconocerse y que intentaba com...

La ventana de la línea 12.

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Hay un par de minutos de espera interminables desde que acabo de trabajar hasta que veo venir la querida guagua con el doce tan resplandeciente (a mí me parece resplandeciente, supongo que son las ganas de llegar a casa y quitarme el traje) en lo alto. En esos escasos minutos, si no me encuentro rodeado de mis compañeros me dedico a ejercitar la paciencia. Buscar la cartera en el fondo de la mochila, encontrar los cascos y rezar para que no se rompan al sacarlos quizás con demasiada fuerza, desenredarlos poco a poco, y rezar para que cierto programa de música online no se coma todos los megas de los datos del teléfono para tener música de allí a mi casa (me da pereza descargarla toda). Así que mientras intento una cosa y otra, los minutos pasan sin que apenas me dé cuenta de ello.          Finalmente se acerca la inconfundible mole de color amarillo que parece albergar todas mis esperanzas. Me adentro en ella, ya con la música resonando en mis ...

La melodía del ser.

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Timothy Oldman nació en una de las calles más antiguas de Chicago, una de esas que olían a aceite de motor y en las que el camión de la basura podía dejar un aroma que duraba horas cuando la atravesaba de madrugada. Era un barrio de obreros y sus padres lo educaron como tal. Como un trabajador que hiciera lo que hiciera debería usar sus manos para ganarse la vida y seguir adelante para vivir tan dignamente como las circunstancias se lo permitieran. Sin embargo, y a pesar de toda la educación que Timothy tuvo durante su infancia, cuando apenas entraba en la adolescencia su familia tuvo uno de esos golpes de suerte que hace que las cosas giren 180º. Su madre consiguió un nuevo trabajo con el que los ahorros de la familia subieron como la espuma. Y con este golpe de suerte empezaron a surgir las aficiones de un chico que nunca se había podido permitir esos lujos. Había pasado su infancia pegado a una pequeña radio, de esas que apenas captan las emisoras en dos frecuencias, plateada y...

La piel, el mago y la piedra.

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El sonido de su propio corazón parecía atravesarle los oídos como si los mil tambores del Día del Despertar estuvieran sacudiéndole la cabeza. A veces le impresionaba tanto la fuerza con la que palpitaba su pecho que llegaba a preocuparse por si le pudiera dar un ataque al corazón. Pero no era una enfermedad lo que lo hacía temblar así. La causa de su dolencia se encontraba a menos de diez centímetros de su piel. Se recostó sobre las sábanas de seda de color granate, que parecían deslizarse bajo su cuerpo desnudo y se reclinó para contemplarla. Casi podía sentir de nuevo el  tacto de su piel en la yema de los dedos, tersa, más suave incluso que la seda que tenían bajo sus cuerpos, y cálida… No cálida como una brisa de verano, ni como el fuego de una chimenea en el invierno, no. Era cálida como uno de esos abrazos que se dan cuando dos personas conocen todos los rincones oscuros del alma del otro, uno de esos abrazos que da igual dónde estés, te hacen sentir en casa, en el hogar,...

Las llamas de Vincent

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¿Has alargado alguna vez los dedos intentando alcanzar el límite de la realidad? ¿Intentaste quizás subir una montaña y te quedaste a sus pies, agotado, exhalando con cada suspiro toda la voluntad que tenías para escalarla? ¿Has dejado que tus dedos sientan el cosquilleo quejumbroso del futuro acercándose a ellos, justo a punto de tocarlos y de repente se te ha escapado? Es entonces cuando llegas a conocer una de las sensaciones más devastadoras que puedes conocer. No se trata sólo de frustración. No. Es como si ese milímetro que falta entre tus dedos y el futuro se llenara de tus sueños, y de repente lo atravesara una ligera brisa, tan leve que si soplaras con los labios de un moribundo, la vencerías. Pero llega, y sigue incansable su camino destruyendo todo lo que esperas con un leve gesto. Creo que esa es la sensación que hizo enloquecer a Vincent van Gogh, y que seguramente, frustrado por no poder alcanzar lo que él quería pintar en sus lienzos, hizo que el fuego y las llamas ...

Sobrevolando el Kilimanjaro.

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         Shira nunca había soñado con llegar a un lugar tan alto. No había soñado que merecería la pena sentir ese aire fresco en su rostro, en su cabello y en sus manos. Ella no había soñado en toda su vida que su corazón latiría de ese modo, ni que sentiría como su alma estallaría de triunfo, de conquista, al sentir que lo había logrado. Jamás soñó que todo el camino de preparación la llevaría a lo más alto, y que todos aquellos que le preguntaban por qué seguía adela nte, diciéndole que no lo conseguiría, se tendrían que comer sus palabras. No soñó ni siquiera con el dolor que le llegaría alcanzar lo más alto, ni la sangre que gotearía de sus pies ampollados. Tampoco soñó con todos los que dejaría en el camino, rendidos, mientras ella luchaba por coronar la cima como otros tantos hicieron antes que ella. No. Ella no sería capaz de soñar con una libertad como esa, rozando el cielo y mirando hacia abajo, a todo ese mundo lejano que quedaba a sus pies.....

La cañería del odio II

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           Se dice que el odio es un sentimiento explosivo, como la ira. De esos que atacan y te dan una cantidad de energía durante un cierto período de tiempo para luego arrebatártela y dejarte exhausta. Mirándolo de esa forma el odio podría ser muy parecido al café o las bebidas energéticas. La mayoría de la gente no soporta ese “subidón” que da el odio, ya que durante todo el tiempo que lo usas te hace sentir mal con el mundo y contigo misma. Sin embargo, ella no creía que el odio fuera un sentimiento tan volátil. Aquellos que lo compararan con el café apenas tenían una pequeña noción de lo que era el odio. Lo veían llegar y temiéndolo, lo dejaban irse con la misma rapidez. No habían sentido en ese tiempo lo suficiente para mantenerlo dentro de ti, para purificarlo, por así decirlo. El odio, tal y como ella lo veía, era como si el ser humano pudiera nutrirse de energía nuclear. Es dañino y lo sabes desde el principio, pero si co...