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Ella lo dejó todo atrás.

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“Clanc” El sonido de la puerta al cerrarse era el mismo sonido que tenía su alma para salir a la luz. Y la luz estaba limitada a ese pequeño lugar en el mundo que era su apartamento. Lo había conseguido gracias a un amigo por un precio de lo más razonable. Zona céntrica, balcón, cocina, salón y dormitorios espaciosos. Más de lo que ella necesitaba, pero todo lo que deseaba. Poco a poco se había convertido en una parte más de ella. No estaba decorado en exceso, pero había pequeños detalles, como el color oscuro de la madera, souvenirs con pinta de tener cien años más de los que en realidad tenían… Esas cosas que lo convertían en una prolongación de ella misma. Dejó el abrigo colgado tras la puerta, aún no se había acostumbrado al clima húmedo de la zona y lo necesitaba cada vez que salía a la calle. Era viernes y se había acabado el trabajo. No sólo de toda la semana, el trabajo se había acabado por una temporada. Llevaba más de un año en el mismo lugar y la oferta que había re...

Cerró la boca.

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         Cerró la boca porque era su padre, y pensó que su padre sabía más que ella y que su madre, y probablemente que sus hermanas y hermanos. Así que cuando él decía algo, los demás escuchaban y hacían lo que debían. Lo que no debían era estar molestando con “peros” o “y si...” que no llevaban a nada más que a una discusión acalorada y a un dolor de cabeza innecesario. Así que cerró la boca, miró a su madre y aprendió a pensar lo que debía pensar.                   Cerró la boca cuando sus maestros dijeron aquello de que era buena chica, muy lista para su edad, pero que para pagarle los estudios a ella deberían hacer un sobreesfuerzo y era mejor invertirlo en su hermano mayor, que ya tenía un puesto asegurado en una empresa, a pesar de que no era muy rápido de mollera. Que ella empezaba a ser lo bastante guapa para no necesitar estudiar, porque seguramente en...

Un pestañeo de más...

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        Un pestañeo de más. Un pestañeo de más es todo lo que necesitas para perder el dulce placer del sueño. Con ese ínfimo y casi insignificante movimiento pasarás del apacible y reconfortante descanso que tanto ansías a la desesperanzadora vigilia del insomne.                   No se trata de la luz que se filtra por esas improvisadas cortinas hechas con sábanas de invierno, ni se trata del desagradable canto de una docena de gaviotas, ni de las obsesivas ganas de ir al baño cada veinte minutos porque quieres creer que es lo que no te deja caer dormido de nuevo. Ni siquiera es la sobredosis de calor que has ido acumulando cual dinamo dando vueltas y vueltas sobre la cama. No. Se trata de tu propia y maléfica mente. Aunque más que maléfica es compulsiva e inquieta. Porque… tras ese pestañeo de más, cuando por casualidad del destino te despiertas a las tres de la madrugada con ...

Un ropero vacío.

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         Dime… ¿has sufrido tú alguna vez la agónica desesperación que recorre tu cuerpo al vaciar pieza a pieza un ropero hasta el final? ¿Lo has contemplado con tus ojos llorosos al ver la devastadora verdad que te ha mostrado? Pocas cosas hay más tristes que esa. El encontrarte en la difícil situación de tener que abandonar todo aquello que te define, que define tu propio hogar, tu forma de ser, tu pasado, para dar un salto al vacío y arriesgarse a empezar de nuevo.          ¿Pocas cosas hay más tristes? ¿En serio? Sí, en serio. Porque… ¿acaso no son todos esos momentos tristes, llenos de dolor y lágrimas, de gritos y maldiciones, un ropero vacío? ¿No es esa la amarga realidad que nos lleva a sentir como nuestro mundo comienza a desmoronarse a nuestro alrededor? Perdemos a alguien, contraemos una enfermedad, rompemos una amistad o una pareja, emigramos dejándolo todo atrás, dejamos de confiar en alguien cercano a ...

Sin puntos y aparte.

Relájate. Relájate y deja de pensar. Sé que no puedes controlarlo pero inténtalo de todas las formas posibles hasta que lo consigas. No me valen las excusas. Esas te las puedes meter por dónde te quepan. Si necesitas quitarte la camiseta hazlo, pero relájate. Por mí como si te quedas en pelotas. Vamos. Hay cosas que hacer. Tienes demasiadas en la cabeza. ¿Notas esa bola de nervios en el estómago? ¿Esa parte dura que se va formando en la boca del estómago? ¿Sí? Pues hay que bajarla. No escribas puntos y aparte. No tienen sentido. Sigue escribiendo. ¿De qué tienes miedo? Seguramente de todo. ¿De estar estancado? ¿Y quién demonios no tiene miedo de eso? Tú sigue. Quizás encuentres algo. ¿Algo que perdonar has dicho? ¿Para seguir adelante? No sé cómo se hace eso de perdonar. No olvido. Ni lo que he hecho yo ni lo que han hecho los demás. Olvidarlo sólo serviría para caer de nuevo en el mismo juego. ¿Dolor? ¿Rabia? ¡Claro que sí! ¡Estás vivo! La cuestión es cómo dejarlo atrás ¿no? No sirve...

Decisión Infernal.

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Si tuviera que contaros cómo, cuándo, o por qué morí, no podría deciros nada. Eso no me haría dudar ni por un segundo de que actualmente y desde hacía un tiempo, yo estaba muerto. No era sólo una sensación vaga en el fondo de mi cerebro que me hiciera afirmar eso instintivamente, ni que literalmente vivíamos en una especie de infierno o paraíso, dependiendo de cómo lo vieras, sino que millones de almas a mi alrededor podrían afirmar lo mismo que yo. Estábamos muertos y vivíamos en el infierno. De cualquier modo el infierno no era un lugar “infernal”. Tenías tu trabajo, aquel que más te gustara, y podías cambiar de profesión si te apetecía, tenías tus amigos, comida, bebida, distracciones varias, etc. La mayoría de la gente estaba bastante conforme con esa “vida” diaria  y solían considerar que más que un infierno aquello era una especie de cielo en el que uno tenía una vida normal y se limitaba a dejar que el tiempo pasara delante de sus ojos. Para los demás aquella monotonía e...

La cañería del odio III: Final.

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La cañería del odio I La cañería del odio II El ruido de la cafetera mecánica soltando aire dentro de la leche para hacer espuma la despertó de su ensueño. Sus amigas seguían hablando animadamente en la mesa mientras se terminaban sus cafés y el suyo se enfriaba mientras tanto. Habían aprendido con el tiempo a dejarle tener esos minutos en los que su mente desaparecía por completo de la realidad. Habían pasado casi dos años desde que saliera caminando desnuda desde una casa ardiendo. Dos años desde que la encontraran así en la carretera y llamaran a la policía. Apenas un año y medio desde que metieron a su captor entre rejas. Tras aquello le había costado recuperar su vida. Más de lo que nadie se podría imaginar. Los meses sin querer ver a nadie, sin hablar, sin salir de su habitación en la que se quedaba mirando por la ventana durante horas interminables. Lo peor habría sido la mirada de aquellos que la conocían. Esa mirada en la que apenas podía reconocerse y que intentaba com...