lunes, 28 de agosto de 2017

La amarga ausencia de la estática.


         930 millones de kilómetros más tarde y un poco más de esa insignificante distancia es lo que tardas en darte cuenta de ciertas cosas. Cuestiones a las que no les das importancia en un principio pero que ahora son o han dejado de ser parte de tu vida.
        
         Durante todo ese camino has estado un tanto despistado, como ausente, y por qué no decirlo: acojonado y más alerta que el perro de “Up” buscando ardillas.

         Te has pasado ese tiempo dando saltitos de aquí para allá, hablando con la gente que permanecía lejos de ti siempre que podías, e intentando crear un nuevo mundo a tu alrededor que te diera un confort que, asumámoslo, nunca vas a recuperar del todo. Así que te has dedicado durante todo este camino a crear un equilibrio más que precario entre dos mundos a miles de kilómetros de distancia.

         Pero la travesía ha sido larga y tortuosa, y la realidad a la que te enfrentas ahora es resultado de dichos intentos, como cuando a principios de los 90 aún intentábamos encontrar nuestro canal de radio favorito sintonizándolo de mala manera, moviendo hacia delante y hacia detrás la ruedita para evitar el sonido irritantemente odioso de la estática.

         Pues bien, la estática ha desaparecido. O al menos casi toda. Pero lo que creías que a estas alturas sería un logro que te llenaría de felicidad, te está dejando un sabor agridulce en las papilas gustativas del corazón (se encuentran escondidas justo debajo del ventrículo izquierdo).

         Hace un año más o menos, en el momento justo en que pusiste un pie en el avión, en que te despediste de tu familia, llegaste a destino o te despertaste la mañana siguiente en un hostal lleno de gente que no conocías, tu mundo se convirtió en la ase de la “estampida” del videojuego de El Rey León (los entendidos saben de lo que me hablo) o para aquellos menos nostálgicos de los juegos: las zamburguesas de Humor Amarillo. El caso es que todo empieza a moverse a una velocidad de vértigo y sientes que cada decisión que tomas va a llevarte a la ruina. ¿Lo recuerdas? ¿Esa sensación de asfixia, esas ganas de llorar por la noche después de trabajar sólo en tu habitación preguntándote qué demonios haces aquí? Sí que lo recuerdas, pero tranquilo, vamos a dejar ese drama atrás (¡Hakuna Matata!).
         Nos basta con recordar que tu mundo empezó a temblar y que todo fue demasiado rápido. El equilibrio, si alguna vez lo tuviste amiga o amigo emigrante, desapareció de tu vida. Pero en aquel momento no nos dimos cuenta de ello. Teníamos demasiado en lo que pensar, preocupándonos de no perder la vida que teníamos y por crear la nueva que estaba a nuestro alcance. En ese instante, justo en ese segundo en que aguantaste el primer hostión a tu equilibrio mental y sentimental, alguien te puso el Sombrero Seleccionador de Hogwarts encima y gritó a toda voz: ¡¡¡Gryffindor!!! Eres un valiente.

         Así que te dedicaste durante meses a decir que sí a cualquier oportunidad que se te ofrecía de salir y conocer gente nueva, de tener aventuras, de quedar para ver shows que ni siquiera sabías si te gustaban, y empezaste a descubrir con alegría nuevas partes de ti mismo.

         Pero también hiciste un esfuerzo sobrehumano en intentar no perder el contacto con aquel mundo que echabas tanto de menos. El Facetime, Whatsapp, Facebook, Skype y todo tipo de conexión con tu antiguo mundo se convirtieron en tus mejores amigos. Pasaste días enteros tirado en la cama whatsappeandote con al menos diez personas y en un par de grupos, o haciendo videollamadas a más de tres amigos hasta que tu ordenador parecía el CCTV de un centro comercial. Conozco a algunos que empezaron a domesticar cuervos para usarlos como palomas mensajeras al grito de “¡Se acerca el invierno!” (Estamos en Escocia joder, el invierno no se ha ido nunca).

         Así que a todo el estrés que tenías encima, decidiste sumarle hacer malabares con bolas en llamas. Y conseguiste sobrevivir. Los meses pasaban mientras de mudabas de un piso a otro, buscabas academias que te ayudaran a entender el acento (¡JAJA! Suerte…), cambiabas de trabajos, conocías amigos nuevos y sobrevivías a los cambios culturales, a la nueva dieta, a los del clima, de la luz y la noche e incluso a los de tu propio cuerpo sobrecargado por el estrés (Bienvenida de nuevo adolescencia).

         De pronto notaste que pasados tantos kilómetros alrededor del sol y tanto tiempo desde tu llegada, ese estrés empezaba a desaparecer o tú a acostumbrarte a él, y te alegraste por ello. Por fin encontraste un piso que te gustaba con gente que se ajustaba a tus necesidades de orden y caos (buen momento para plantearse que predomina más en el Universo ¿orden o caos? Ve a por un par de cervezas y discútelo con  buenos amigos), unos amigos con los que empiezas a conectar o incluso alguna pareja a la que pueda que le veas futuro.

         Estás pletórico, contento, maravillado, saltando de alegría como cuando descubriste que podías comunicarte a base de GIFs por Whatsapp. ¡Eres la puta hostia! Has sobrevivido a los Juegos del Hambre, eres el Héroe o la Heroína de mantienes casi todos los dientes en la boca (más de lo que muchos podrían decir). Pero… Sí, joder, (sorry, pals) hay un puto (sorry again, so rude) “pero” y te está mordiendo en la nuca como el bicharraco que mordía a Donna en aquella temporada de Doctor Who y que no podría recordar.

         Pero ha pasado un año, y 930 millones de kilómetros más tarde y dando la vuelta al sol, te empiezas a dar cuenta de pequeños detalles que se te habían escapado. Ahora te has relajado un poco (recuerda: siempre alerta… ¡Ardilla!) y es cuando finalmente echas la vista atrás y dices ¡¿Pero qué coño?!

         Ahí está ese “pero” agridulce del que hablábamos. Ahí está el paso del tiempo. Ahí está la realidad para darte dos bofetadas y mandante al rincón de pensar.

         El precio a pagar tiene nombre: no poder estar en contacto con todos todo el tiempo. A veces por no tener tiempo para sobrellevar dos vidas, a veces porque no tienes energía o ganas de hablar. Otras, sin embargo, se deben a que llevas un año fuera y lo quieras o no, ya no compartes el día a día con los demás, ni ellos el tuyo. Tú quieres hablar de una vida que ellos no entienden, y a veces no entienden el idioma en que lo dices. Y ellos, evidentemente, quieren hablar de las suyas, que a ti te parecen cada vez más lejanas y borrosas. Otras veces continúas haciendo el esfuerzo porque se trata de personas que no quieres perder, pero las charlas son cada vez más cortas o inconexas (salvo que utilices los GIFs. Los GIFs son geniales) Y otras tantas veces, no sientes que esas personas merezcan el tiempo que tienes porque sólo vienen a robártelo.

         Entonces no te queda más remedio que cerrar los ojos y dar ese trago amargo que te ha hecho ver y sentir muchas cosas que no deseabas.

         No eres el mismo, la misma, lo que sea… no lo eres, y lo sabes. Ha pasado un año y con suerte has encontrado un hogar, con buena suerte sientes que todo va a ir bien, y con más suerte que un hobbit encontrando anillos, has conseguido mantener cerca a tu familia, hablando tanto o más que antes de las cosas importantes, y a un puñado de amigos que han decidido gritar más alto, mucho más alto que la estática, y que pase lo que pase sientes que van a seguir ahí, para reírse, insultarte y darte un abrazo cuando consigues unas buenas vacaciones.

         Si no has tenido tanta suerte no te preocupes demasiado. Al menos estás buscando tu lugar en el mundo. Te has arriesgado y esta apuesta incluía perder sí o sí. Todos perdemos en mayor o menor medida en esto de emigrar. Puede que un día despiertes con un mensaje de alguien que realmente te echa de menos, puede que vuelvas y olvides esos momentos en que te volviste una pieza demasiado complicada para encajar en un puzle de un paisaje en el que ya no caminas.

         Pero, y sí, hay más peros, fijemos la vista en el horizonte y miremos sin miedo. Porque ya hemos escuchado la estática antes y hemos recuperado la señal. Si hay que hacerlo de nuevo sabemos que podremos hacerlo. Porque, a pesar de que hemos perdido parte de nuestra vida, a pesar de que la ausencia, la amarga ausencia de la estática significa que hemos perdido a personas y lugares que fueron parte de nuestra vida y de nuestras almas, a pesar de todo eso, hemos empezado a construir nuestra vida aquí, a encontrar amigos a los que nos ata un lazo muy fuerte, a tener nuestros lugares favoritos, nuestro cine, nuestro pub… A veces incluso nuestra propia casa y nuestros hijos, nuestro perro, nuestro gato o nuestro tiranosaurio (no reparamos en gastos) o un cactus que conozca nuestros secretos más oscuros.


         Después de un año lo que hemos dejado atrás parece muy lejano, y comenzamos a hacernos a la idea de que no somos los mismos. Pero dentro de un año no seremos los mismos, y aun así, seguiremos siendo esa manada de insensatas e insensatos que volaron sin saber que iban en busca de sí mismos. Con suerte, dentro de un año, no notaremos la ausencia de la estática.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Autorelato


         Empecemos por lo evidente… Soy alto, no demasiado para parecer desgarbado, pero lo suficientemente desgarbado para ser alto. Y más me vale decir que soy delgado, intente comer lo que intente comer, hacer el deporte que haga, mi cuerpo parece decidir quemar toda esa energía y mantenerme en un peso precariamente saludable, pero con el que nunca estoy contento. Aun así me mantiene esbelto y si no hago el vago, fuerte. Soy rubio oscuro y castaño claro, o un color indefinible que varía dependiendo de lo largo que esté o la luz a la que se exponga. Tengo una buena dentadura, con alguna mella en las paletas, pero bien colocada y resistente a las brutalidades a la que la expongo. Mi nariz es grande, pero parece estar acompasada con mi cara y no crea un contraste demasiado grande, es recta, no muy estrecha ni muy ancha, y parece darme un aire de sabiduría que agradezco. Mis ojos son grandes (aunque mantenga la mirada entrecerrada para observar el mundo), marrones si los miras a más de cinco centímetros, pero si te acercas puedes ver que el marrón está en el centro del iris, heredado de mi madre, y el verde lo rodea por el borde, heredado de mi padre. Así me defino a veces, mi madre por dentro, mi padre por fuera. Mis cejas son anchas, me ayudan a pensar, a taladrar con la mirada, a dar carácter a lo que digo, y a reír con más fuerza. Mi frente es larga, pero más largas son las entradas que empiezan a aparecer con los años. Y en ella, en mi frente, puedes ver desde hace tiempo ciertas arrugas, llevadas allí por esa manía mía de pensar demasiado y preocuparme por problemas irresolubles. Mis labios son diferentes, ancho el de abajo, dándome cierto atractivo, estrecho y conciso el de arriba, pareciendo sólo más ancho cuando estoy relajado o siendo sarcástico. Mi nuez sobresale… mucho, y me gusta. Mis dedos son largos, estrechos, ideales para escribir en teclado, pero por alguna razón, a pesar de su delgadez, parecen fuertes. Mi piel no es ni muy morena ni muy pálida, no es aceitunada, ni tan tersa como la de mi madre o mi hermana, pero es dura y fuerte. A pesar de ello tiene cicatrices, de operaciones, de cortes, de caídas, de apuestas estúpidas y de recuerdos que deseo que se queden y que se vayan, pero es mi piel y son mis recuerdos. Y hasta ahí llega lo que a mis ojos parece evidente.

¿Qué hay de lo que no es evidente?

Soy… Soy las montañas en las que crecí, ásperas y rocosas, y los sueños de las montañas que imaginé, suaves, verdes, con bosques en las colinas y caminos olvidados hace tiempo. Soy el hijo de la hierba y yo no me puse ese nombre pretencioso, pero me lo guardo para mí porque era la respuesta a una pregunta evidente: ¿Quién es mi padre, papá? Tú eres hijo de la hierba.

Soy curioso, inquisitivo hasta el punto de resultar un peligro si quiero resolver un misterio. Ese misterio es parte de una historia, y soy adicto a las historias. Cuando digo adicto quiere decir que puedo decidir no dormir dos días seguidos porque quiero saber qué pasa en los veinte próximos capítulos de un libro o una serie, que llegaré tarde a una cita, que si empieza una película no me hables o te gruñiré, que si estoy leyendo no estoy en este mundo así que no me busques. Soy adicto a las historias. Quiero resolver su misterio, quiero saber cómo funciona, quiero emocionarme, y quiero decir “vale, comprendo cómo va esto”. Me frustro si no comprendo algo, así que intento mantener mi mente abierta a todo tipo de conocimiento, incluso a aquel que me va a resultar contraproducente. Necesito saber.

Supongo que en eso soy hijo de mi padre, que no de la hierba, y disfruto con el conocimiento del mundo, de la naturaleza, del pasado y el pensamiento. Pero también soy hijo de mi madre, intento crear cosas nuevas, aprender cómo funcionan e intentar hacerlas por mi cuenta, a pesar de mi vagancia. Soy furia, venganza, traición, rencor y odio silencioso, que acepto como parte de mí, porque esconderlo no sirve de nada, porque callarlo con palabras de otros que no vivieron lo que yo he vivido no sirve de nada. Unos encuentran la paz en el olvido, otros en el perdón y otros en la aceptación. Yo me acepto cuanto puedo, y eso incluye a estos demonios y a mis ángeles. Y sobre ángeles sé que soy bondadoso, que la pena me puede e intento acallarla porque sé que no se puede ni se debe ayudar a todo el mundo. Sé que siempre tiendo una mano a quién me lo pide, a quién lo necesite, (aunque ni me pregunten como estoy yo) y que pese a que soy traicionero, también soy leal en la misma medida con aquellos que se ganan mi fidelidad. Soy comprensivo, quizás demasiado, pero eso me hace buen consejero, o eso dicen. Intento ver la realidad desde todos sus ángulos, y aunque no es posible conseguirlo, hago un buen trabajo intentándolo. A veces soy manipulador, pero no demasiado, de modo que sólo lo soy si lo que quiero merece la pena, si va a resultar, como poco, interesante.

Me encanta lo interesante. No me gustan los sabores sosos, odio la mayonesa. Me encanta el picante, lo dulce, lo amargo, lo que llega a mi boca y me hace llorar o retorcer el gesto al saborearlo, me gusta expandir mis límites, y los busco en los extremos, en lo interesante. Adoro las personas que tienen algo que decir, con las que puedes hablar horas, con las que hay lágrimas y llantos, secretos, sueños, conversaciones sobre la naturaleza del alma y los misterios que se esconden más allá de la última barrera de la realidad. No me des cosas sosas, personas que no tienen nada que decir, ni libros sin al menos una frase que recordar. Impresióname. Hablando de impresiones y de arte, me gusta el impresionismo, el romanticismo, el renacimiento, el neoclasicismo y el clasicismo y helenismo griegos.

Soy libros. Libros que he leído, que no recuerdo, que están por leer o que aún no conozco o no he escrito. Soy El señor de los anillos, no porque tenga elfos ni sea fantasía, sino porque los grandes autores de fantasía hablan de las grandes cuestiones del alma, de cómo tomar decisiones, de a qué enfrentarse en la vida entre sus páginas. Hay demasiada sabiduría encubierta con elfos, orcos, dragones y espadas mágicas. Pero sólo para aquellos que saben buscar. Soy El Guardián entre el centeno, porque al final del día yo también me siento en ese prado “guardando” a los demás de caerse por los acantilados que lo rodean, vigilante, siempre vigilante. Soy Demian, soy Emil Sinclair, soy Pistorius, Frau Eva y todos aquellos a los que Hermann Hesse puso a buscar dentro de sí mismos. Soy la Ilíada, el llanto de Aquiles, el honor de Héctor, la cobardía de Paris, la soberbia de Agamenón y la sabiduría de Néstor. Soy de aquellos que buscan El nombre del viento, el del fuego, el del dolor y el del olvido. Soy el Temor de un hombre sabio y siete palabras que enamoran a una mujer, soy distante… distante porque busco demasiado y un cobarde por temor a perder su compañía. Soy unas Hojas de hierba, escritas en un poema salvaje y liberador, que te toca y te moldea el alma. Soy esos libros y muchos más. Soy mil nombres, quinientos héroes y quinientos villanos.

Soy un viaje constante, hacía el interior y al exterior. Un viaje a casa de vuelta al hogar. Un viaje al paraje más lejano, en busca del hogar. Soy un caminante al que a veces atormenta el camino, la compañía y los sueños. Y sé que sin ellos no soy nada. A veces quiero ser nada, a veces me dejo caer en esa oscuridad para perder mi nombre y reconstruirlo de nuevo, más fuerte, más profundo, más sabio. Soy inteligente, bastante. Y soy un idiota, mucho.

Me gusta ser halagado, me mantiene peleando por ser mejor. Me gusta no serlo, esconderme para ser yo mismo y no un halago. También me hace ser mejor. Me gusta preocuparme hasta el punto en que debo dejar de preocuparme. Soy ordenado, demasiado, pero me fuerzo a desordenar las cosas a veces, porque del caos también se aprenden cosas.

Soy taoísta, pagano, creyente, agnóstico y científico. Porque hay algo más antiguo que los dioses, porque los dioses están en nosotros, porque creo en romper las barreras de la realidad, porque sin la duda no hay respuesta, y porque comprobarlo es parte de experimentarlo.

Soy brillante como uno de los fuegos de Galeano, y oscuro como el lobo estepario de Hesse. Adoro y odio a todos los filósofos por igual, les envidio por su brillantez y les critico su estupidez.

Puedo ser un pedante de doctorado o un chico de pueblo. He sido un salvaje y siempre lo seré. También el más civilizado de los hombres y pienso seguir siéndolo. He hecho cosas que no me han quitado el sueño, aunque me han hecho llorar. Me he descubierto en el dolor, en la visión de una ventana abierta, en el cansancio y el hastío, en la sangre, el placer por el dolor y en el odio incontrolable. He dejado muchas de esas cosas atrás, pero sigo siéndolas, aunque no me gusten, aunque no las repita, porque son parte de mí y me han hecho ser quien soy. Soy secretos que cuento pocas veces, y secretos que no cuento.

Me gusta la compañía de una mujer, pasar una noche con ella, disfrutar de nosotros y de la comodidad de conocerse y disfrutar. Con quien una noche o una vida sea un baile de dos, lleno de confianza, de amor, de bromas, de conversaciones y de todo eso que me hace sentir vivo. Me importa su aspecto, pero no demasiado para dejarme llevar por él. Pero no me gusta acostarme con una desconocida, ni con nadie con quien no pueda tener una conversación interesante, con quien no me sienta cómodo, con quién no vaya a ser especial. Prefiero estar sólo a vacío. Y una vida es muy larga para estar llenándola de vacíos.

Soy quisquilloso, perfeccionista, tengo buena memoria, legal, divertido, sarcástico, profundo y claro como la superficie. No me gusta hablar con gente que a duras penas conozco y hasta que no los conozco bien no fluye la conversación. Soy mi madre, mi hermana, mi cuñado, mis amigos, mis libros, mis canciones, mis lágrimas en la oscuridad de mi habitación cuando la tristeza me ataca a altas horas de la mañana. Incluso, con los años, he aprendido a ser mi padre y a aceptarlo. Soy dramático, austero, estoico y caprichoso. Sé vivir con mucho y con poco. Me preocupa el dinero pero no lo busco. Quiero ser padre porque creo que me gustará criar a una personita que pueda ser mejor que yo, a la que pueda criar para mejorar este mundo. Soy valiente para pensarlo y cobarde para pensarlo demasiado porque a veces creo que soy infantil para conseguirlo, y a veces creo que soy demasiado viejo para los años que tengo por delante. Soy un baile, soy caos, orden, equilibrio y descontrol. Soy dioses antiguos y dioses nuevos.

Soy un espejo, un reflejo de lo que me rodea, e intento rodearme de lo mejor. Soy una luna mirando al sol para reflejar su luz de la noche más oscura. A veces soy la noche más oscura, y a veces soy la estrella más brillante.

Soy palabras olvidadas que vuelven a la luz cuando escucho la canción que me obliga a escribir.


Soy el que escribe. Soy mil cosas ahora, y esas son las que plasmo. En cinco minutos ya no seré el mismo, pero este es mi “autorelato” de ahora, y ahora éste es quien soy.

sábado, 26 de noviembre de 2016

La Arqueología de los Libros

         Pablo Suárez Acosta estaba en esa edad en la que uno empieza a perder el control de las cosas creyendo que lo tiene  completamente en su mano. Sin embargo, que empezara a atravesar por los inquietos y deslumbrantes años de la adolescencia no había conseguido borrar de su ADN mental la costumbre de leer todo aquello que caía en sus manos. Si bien, llegados esos años empezaba a preocuparse más por ciertos temas más “exóticos” que requerían de bastante material gráfico, el joven Pablo no había dejado de lado su pasión por la lectura.

         Fue debido a su pasión, a su búsqueda de libertad y a su insaciable curiosidad, que decidió pedir a sus padres mudarse al desván, sin saber que a pesar de su amplitud era endemoniadamente frío en invierno. Sus padres por su parte, temiendo la recién llegada adolescencia, decidieron que sería mejor para Pablo y para su hermana menor, que todos tuvieran su propio espacio, y que llegado el invierno invertirían en mantas suficientes para él.

Quedó así en manos del joven Pablo el vaciado y acondicionamiento del desván hasta el momento en que necesitara la ayuda de sus padres para subir los muebles por la estrecha y tortuosa escalera. Se dedicó con esmero a la tarea que le daría su ansiada libertad, se libró de cajas llenas de periódicos viejos, realizó mercadillos con ropa que ya nadie usaría en casa, y sobre todo descubrió secretos de toda la familia escondidos ahí arriba.

Fue buscando entre esos secretos cuando encontró una caja de madera, hecha toscamente pero que guardaba la forma de un baúl, aun siendo solamente un par de tablas bien colocadas que impedían la entrada del polvo a su interior. Le costó desencajar la tapa debido a la humedad acumulada después de tantos años sin abrir las ventanas del desván. Al levantar la tapa unas letras aparecieron en su interior con una caligrafía casi perfecta que parecía inclinarse hacia la derecha y se deslizaba suavemente.


“Propiedad de Dolores Acosta Rodríguez.
No dañar. No perder. No prestar.
Leer, creer y vivir.”

         Se detuvo unos segundos a admirar la pequeña advertencia que constaba en aquel mal labrado baúl. Bajo él un amasijo de papel acartonado marrón protegía su ansiado secreto. Lo abrió como esos extraños niños que no rompen los papeles que cubren los regalos de navidad, de los que van levantando las tiras de cinta adhesiva, esperando que esa angustia de no saber qué es lo que esconde dure todo el tiempo posible. En dos años y medio aprendería también, que esa sensación se puede multiplicar por mil cuando dos rostros están a tan escasos centímetros que el consecuente beso es casi inevitable y mucho más emocionante. Pero por ahora Pablo sólo se dedicó a desenvolver esos papeles marrones para encontrar bajo ellos la colección de libros más extraña que había visto nunca.

         No había orden alguno en aquellos pequeños tesoros. Él sabía algo de libros, y aunque empezaba tener esa creencia totalmente desacertada de que lo sabía todo, tenía razón en aquello de que cada persona lee cierta cantidad de libros hasta que decide cuales van a gustarle, y tras esa decisión, se dedica a coleccionarlos hasta que, inevitablemente, se queda sin espacio. Allí había títulos de libros del Oeste, de fantasía, astronomía, física, geografía, historia, arte, filosofía, novelas románticas, etc… Todos los géneros se mezclaban sin sentido, magia y realismo se entrelazaban sin respiro en un maremágnum literario.

         —Vaya con la abuela Lola. Debiste ser una lectora terrible. —dijo  observando la tapa mientras se sacudía el polvo de las manos en los vaqueros para no ensuciar los libros. —Veamos si tenías algo decente por aquí para leer.

El joven Pablo se sumergió entonces en lo que muchos reconocerán como la “caza por ojeo”. Se trata de ojear todos los libros posibles, leyendo solamente uno o dos párrafos, puede que al principio o a la mitad (nunca al final) para decidir si merece la pena leer lo que tienes entre las manos. Uno puede pasarse horas así en una buena librería sin encontrar nada interesante, o dos minutos y encontrar una perla que hará temblar los cimientos de su vida. Pero para su sorpresa, y para la de todos los que hubieran tenido entre sus manos los libros de Dolores Acosta Rodríguez, conocida como “Lola la Solterona” por aquello de no haberse casado nunca, ni haber dicho quién era el padre de su hija; resultó que las páginas de cada uno de los libros que Pablo pasaba por sus manos mantenían pequeños secretos.

Al principio pensó que eran marcadores de páginas improvisados, de esos que uno hace con una hoja seca, un trozo de servilleta o el papel de un caramelo si está perfectamente limpio. Pero aquello se volvía cada vez más extraño con cada página que pasaba. Se encontró allí con una hoja de arce y se preguntó cuándo había viajado su abuela a Canadá. En alguna página había una caracola, mezclada con restos de arena blanca. Eso también le hizo pensar, porque que él supiera, la playa más próxima se encontraba a más de mil kilómetros a la redonda. Había restos de pelo que parecían provenir de una mofeta, y ¡demonios! ¡Olían a mofeta! O al menos eso es lo que él creyó oler. Habían restos de flores tropicales, pequeñas piedras traídas de la otra esquina del planeta, fotografías tan antiguas que apenas se sostenían en pie. ¡Aquellos libros estaban llenos de recuerdos!

Con cada libro que abría aquellos extraños objetos comenzaban a asomarse como pequeños seres vivos por los bordes de sus páginas atrayendo su insaciable y curiosa vista. Cada uno de ellos era más inverosímil que el anterior, y parecían que los olores no se habían ido de allí en todos esos años, podía oler el trozo de cuero de las botas ideales para cruzar una carretera de los Andes, el sombrero de paja de los granjeros del sur de Andalucía, el trozo de la corteza de la caña de azúcar recién cogida de una plantación cubana, la tela del vestido de novia de una princesa hindú, la punta de flecha de un cazador siberiano, la pólvora de un rifle recién disparado y la garra de un oso Kodiak…

Pablo Suárez acosta pasó horas sumido en el silencio de su futura y fría habitación, indagando en los secretos de su abuela Lola. Casi no recordaba nada de ella, su rostro y poco más, su silla de ruedas, y el sabor de algunos dulces difíciles de masticar que le daban al llegar a casa. Y los besos de despedida, recordaba sus besos sin fin. Así que durante horas, y contra todo pronóstico, se dedicó a realizar una pequeña investigación a través de todos los objetos que encontraba en aquellos libros. Intentaba unir las piezas del rompecabezas y sólo llegaba a él un pensamiento que se hacía cada vez más profundo e iracundo en su corazón y en su mente.

¡¿Por qué nadie me contó nada?!

La ira de un adolescente se enciende más rápido que sus hormonas, y Pablo no era diferente a todos los demás, al menos en ese aspecto. Así que cuando su curiosidad se vio completamente insatisfecha, cuando descubrió que su abuela había viajado por todo el mundo y que nadie había osado nunca mencionarlo, cuando las pruebas estaban justo en frente de sus ojos, toda esa ira se volvió un resorte que lo hizo agarrar uno de los libros por el lomo y dirigirse escaleras abajo casi a punto de matarse.

Si bien la ira de un adolescente es rápida, el temor a unos padres cabreados es el remedio más rápido para estos pequeños arrebatos. Pablo sabía que no debía jugar con fuego, así que hizo lo que pudo con su rabia, colocándola en el lugar indicado, esperando a que sus padres cayeran en la trampa, para poder desahogarla con toda la razón de su parte.

Cuando llegó a la cocina vio a su padre recogiendo las cáscaras de las papas que acababa de pelar para la cena, mientras que su madre volvía de darse una ducha aún con la toalla enrollada en el pelo. Su hermana se encontraba en el salón, cantando a pleno pulmón la canción de sus dibujos animados preferidos. Apoyó el libro sobre la mesa, y sin la paciencia para sentarse, dispuesto a darlo todo en aquella lucha empezó su pequeño interrogatorio.

   ¿Mamá?
   Dime Pablo— se giró un segundo hacia el salón mirando a su hija pequeña— Teresa, haz el favor de bajar la voz que te están escuchando los vecinos, y no me hagas repetírtelo.
   Mamá… —su madre volvió la mirada hacia él arqueando una ceja, en su gesto habitual que implicaba un “ya te estoy escuchando”. — Estaba arriba en el desván y encontré una caja con cosas de la yeya Lola.
   Ajam—Ella seguía moviéndose por la cocina, agarrando a su marido de la cintura y robándole una de las papas crudas que tanto le gustaban. Se la echó a la boca y el sonido crujiente llegó a los oídos de su hijo. —¿Encontraste algo interesante?
   Bueno… ummm… sí, pero no es eso lo que quería preguntarte.
   ¿Qué era entonces lo que querías preguntar, cariño?
   ¿La abuela hacía muchos viajes? ¿Se llevaba los libros con ella?
   ¿La abuela? —su madre parecía sobresaltada, confusa, y Pablo no dudó de que por fin había caído en su trampa.
   Sí, la abuela. He encontrado unos libros suyos, y parece que están llenos de recuerdos de sus viajes…
   No creo que sean de ella Pablo, se habrán extraviado.
   Pero están en una caja que lleva su nombre. — Pablo comenzó a subir el tono de la voz, alterado— Y dice que los libros son suyos, así que no entiendo por qué no me habían contado nada sobre la abuela si…
   ¡Pablo! —su madre le cortó a mitad de frase— No sé si esos libros serían de mi madre, pero te puedo asegurar que cuando ella aprendió a leer, y créeme, sé muy bien cuando fue porque yo fui su maestra, tu abuela estaba ya en silla de ruedas y no se montó nunca más en un avión. Es más, dudo que se hubiera montado en ninguno incluso antes de nacer yo, así que déjate de boberías y prepárate pare cenar que tu padre va a terminar en un rato.


El golpe que se llevó el joven Pablo en su orgullo no fue tan duro como el que se llevó su recién descubierta realidad. De repente se vio sentado en la mesa del comedor con el libro entre sus manos. Un misterio se había roto dando lugar a otro mayor. Abrió de nuevo las páginas de aquel libro que yacía entre sus dedos y embobado empezó a ojear de nuevo las páginas con aquellos marcadores tan extraños. Ni el ruido de la cocina ni el de su madre intentando acallar los gritos de su hermana consiguieron sacarlo de su mundo. Sus ojos se perdieron entre las letras de una de las páginas, donde el marcador era la hoja de arce que casi se salía por los bordes. Las letras le llevaron a Canadá, donde se desarrollaba la escena de un crimen. Pablo se paró extrañado. Es una coincidencia, pensó. Pero por si acaso pasó las páginas y buscó en otra donde una pequeña lapa con granos de arena incrustados se peleaba con las letras. La escena se desarrollaba en una playa, mientras el detective de turno perseguía al asesino por un rincón de las Bahamas.

Así danzó Pablo entre las hojas de aquel libro que su abuela había dejado en sus manos sin quererlo. Cada marcador era un secreto sacado de sus páginas, un pedazo de historia en forma de recuerdo, vivo y vibrante. Cada vez que leía un párrafo se enfrascaba más en el libro, hasta que desoyendo las advertencias de su madre se movió como un zombi por el salón con el libro entre sus manos. El misterio de su abuela seguía sin resolverse, pero ahora Pablo quería saber quién era el asesino de aquella historia. Pasó las páginas y se detuvo a leerlas embobado, la escena final se desarrollaba como no, en las calles de Nueva York. El detective tenía arrinconado al asesino, pero este había agarrado a la hija del pelo y apuntaba a su cabeza con un revólver. El policía aprovechó un despiste del asesino y disparó. Su puntería era tan certera que el asesino cayó hacia atrás atravesado por la bala, y en su impulso arrancó un mechón de pelo de la hija del policía, pero más allá de eso, ella se encontraba a salvo.

Sumergido en esa lectura estaba Pablo cuando notó algo caer entre sus manos. Las miró sobresaltado y se encontró en ellas el casquillo de una bala y un par de pelos largos de color dorado. Pablo sabía que allí no había nada un segundo antes. Que esa página estaba vacía, que no había visto esos objetos nunca antes. Sus manos temblaron al recogerlos. El casquillo aún estaba caliente.

Volvió a la carrera hacia el desván, con el casquillo de la bala y los pelos en una mano mientras apretaba el libro contra su pecho en la otra. Se arrodillo delante del baúl y abrió de nuevo la caja. Leyó de nuevo la inscripción de la tapa en voz alta.


—… Leer, creer y vivir. —Se miró las manos de nuevo— ¡Joder con la yeya Lola!

martes, 13 de septiembre de 2016

Veo

         Veo. Abro los ojos y veo. Ella me lo dijo: ves demasiado.

         Podría mentirme, pero sé que es verdad. Por esa razón a veces no miro, no veo, no me atrevo, y así sonrío más tiempo, y me sonríen más. Hay personas a las que no les gusta ser vistas. Lo sé.

         No se trata de buena vista. Sin mis gafas apenas soy capaz de ver un rostro a cinco pasos. Ojalá caminara mucho más tiempo sin gafas, así el mundo estaría lleno de sorpresas. Pero no. Veo. Y créeme, a veces no quieres ver.

         No recuerdo cuando comenzó. Quizás siempre tuve buenos ojos. El caso es que camino, me deslizo entre la realidad y veo. A veces es muy fácil ver, a veces más difícil. Pero dame el tiempo suficiente y veré. Y una vez vea, puede que me canse, que se acabe el secreto, que me vaya. Pero habrá visto, y lo sabrás.

         ¿Qué he visto?

He visto el dolor en los ojos de una persona, el alma quebradiza de aquellos que están a punto de desmoronarse, que huyen a casa desde el trabajo porque si pasaran demasiado tiempo en la calle caerían bajo sus rodillas gritando, llorando hasta quedarse sin respiración.

He visto la falta de esperanza de aquellos que llevan años persiguiendo sus sueños en un mundo que se empeña en destruirlos. Su apatía, en una mirada caída, en una respiración, en unos brazos cruzados que dicen que ya no hay nada más que darle al mundo. He visto los colores de sus sueños y eran maravillosos, tan brillantes como mil auroras boreales danzando bajo la luz de la luna. Pero todos ellos bajo una cárcel de dolor, de desilusión, de apatía.

He visto el miedo. No el miedo a la oscuridad ni el miedo a la soledad, que a veces flota por ahí. He visto el miedo a uno mismo, a brillar sin ser perfecto, a ser menos de lo que somos, a demostrar ser el fraude que todos creemos ser. Es un miedo que golpea, un miedo que avasalla y que nos conoce, un miedo que se demuestra en una mirada atenta y nerviosa, que busca resquicios dentro de una máscara que se convierte en su propia realidad. He visto tanta fuerza peleando en dichos ojos por un ejército equivocado, que he llorado por ellos en soledad, esperando que un día despertaran y decidieran luchar por aquellos que creen en sí mismos.

He visto ojos vacíos, ojos hambrientos, insaciables, que solo buscan el placer de su propio deseo, ojos inconscientes, demasiado intensos para considerarse cuerdos, demasiado rápidos y rabiosos para razonar. Normalmente, con un pequeño apunte del universo hacia el mal camino, esos ojos se vuelven temibles. Brillan en la oscuridad. Si los ves, aléjate de ellos. Yo lo hago cuando me los cruzo caminando por la calle. No pretendo ser un cobarde, pero he visto demasiado. Y la inestabilidad que hay en esos ojos… Esos ojos han perdido todo el espíritu que los rodea y sólo queda la bestia en ellos.

He visto los ojos de guerreros. Firmes, conocedores de su fuerza, valientes hasta el último segundo, pero inconscientes del dolor de los demás. Los he contemplado con admiración, deseando durante algún momento poseer esa mirada, pero un segundo más tarde he conseguido ver su insensibilidad. He visto cómo esos ojos lucharán y lucharán por cualquier causa que crean justa, por mil causas, y mientras luchan, mientras elevan a la gloria a una de dichas causas, olvidarán que su fuerza arrastra a otros, otros que caerán destrozados por el camino. Y al pasar los años, después de muchas batallas, esos ojos suelen mirar atrás y no encontrar a nadie. Unos han caído, y otros han huido. Pero nadie desea luchar todo el tiempo. Y esos ojos no tienen calma, no conocen la paz.

He visto ojos alegres, ojos brillantes, ojos inocentes que no han conocido demasiado dolor. En ellos puedes ver la esperanza, la luz de la alegría en un amanecer de otoño, cuando el frío ya recorre tu piel pero la luz es tan brillante que hace resplandecer a todos los colores. Durante un segundo he pensado que ojalá todos pudiéramos disfrutar de esos ojos inocentes. Pero he abandonado la idea porque he visto la falta de empatía con el dolor, porque son ojos de niños, y aunque creo que todos deberíamos conservar una parte de niño en nuestro interior, también creo que el dolor nos hace madurar hasta lo imposible. El dolor nos abre los ojos. No confío en dichos ojos, en esas miradas brillantes. Tienden a creer todo lo que leen en los libros porque su experiencia no les ha enseñado lo suficiente. No saben desconfiar, no tienen instinto, no captan los matices sutiles del color gris. Y una persona que no sabe ver el gris… está perdida en su propia realidad.

He visto los ojos de aquellos que aguantan el dolor de otros mientras ahogan el suyo propio. Los he visto soportar dolor, angustias y desamores que no les pertenecían. Los he visto durante un segundo, con una fuerza increíble y un brillo de dolor en el fondo. No se rinden, no saben hacerlo. He visto cada una de las gotas de sudor, cada una de las personas que han ayudado, cada uno de los sueños que han vuelto a reconstruir sin preocuparse por ellos mismos, dándolo todo por los demás y olvidándose de ser…

He visto ojos que han conocido el dolor, que han ido más allá, que conocen quienes son realmente. He visto en esos ojos a personas que a veces pueden ver, por un instante lo que yo veo. He visto su instinto, su naturaleza, su danza, su cansancio. He visto la marca de su don y su maldición en su mirada. Los he visto rehuir la mirada cuando el dolor los llenaba, cuando con un instante han visto demasiado, cuando un alma los ha golpeado a través de unos ojos sedientos, alegres, brillantes u oscuros como la realidad. Los he visto reconocerme y pasar de largo, los he visto pararse y decirme en silencio: ves demasiado. Los he visto pararse y abrazarme, convertirse en mis amigos en busca de un abrazo que los salve de sí mismos, y los he visto dar un abrazo salvador.

Los he visto levantarse cada mañana, como yo, temiendo mirarse al espejo un día cualquiera y enfrentarse a sus propios ojos sin saber qué clase de alma se ocultará tras ellos al día siguiente. Pero siempre dispuestos a ver.


Pero a veces ves demasiado. A veces odias ver, a veces lo amas. A veces eres despreciado por ello. Y a veces, sólo a veces, algún valiente se acerca y te pregunta ¿qué ves?




viernes, 22 de julio de 2016

Ella lo dejó todo atrás.

“Clanc”

El sonido de la puerta al cerrarse era el mismo sonido que tenía su alma para salir a la luz. Y la luz estaba limitada a ese pequeño lugar en el mundo que era su apartamento. Lo había conseguido gracias a un amigo por un precio de lo más razonable. Zona céntrica, balcón, cocina, salón y dormitorios espaciosos. Más de lo que ella necesitaba, pero todo lo que deseaba. Poco a poco se había convertido en una parte más de ella. No estaba decorado en exceso, pero había pequeños detalles, como el color oscuro de la madera, souvenirs con pinta de tener cien años más de los que en realidad tenían… Esas cosas que lo convertían en una prolongación de ella misma.

Dejó el abrigo colgado tras la puerta, aún no se había acostumbrado al clima húmedo de la zona y lo necesitaba cada vez que salía a la calle. Era viernes y se había acabado el trabajo. No sólo de toda la semana, el trabajo se había acabado por una temporada. Llevaba más de un año en el mismo lugar y la oferta que había recibido la había sacado de dudas. Ya no tendría que aguantar al capullo de su jefe nunca más. Ni su risa estúpida, ni sus miradas furtivas, ni los lastimeros intentos de tener una cita con ella. Se había librado de todo eso y ahora tenía una semana libre para volver a organizar su vida. Quizá se cortara el pelo. Le apetecía algo nuevo. Dejó sus cosas sobre el sofá y se fue directamente a la cocina. Era extraño que con el frío que sentía a veces siempre llegaba con la garganta seca a casa.

La luz de la nevera apenas tuvo tiempo de tocarla. Su mano ya sabía lo que buscaba: el zumo de grosellas negras. Deslizó una buena cantidad dentro de un vaso y sin más preámbulos se lo bebió al completo. Le encantaba desde que era una niña, y le encantaba mucho más llegar a casa y refrescarse así. Volvió a llenarlo casi hasta el borde y lo dejó de nuevo en la nevera. El sonido de los zapatos se dirigió de nuevo hacia el salón, abrió la puerta del balcón y espero que la fría brisa le recorriera las mejillas haciéndola sonrojarse. Respiró durante unos segundos y cerró los ojos. El aire acariciando su rostro, el sol de la tarde sobre su mano, el frío del vaso de cristal en su otra mano… Se llenó de esas sensaciones que la abordaron por completo.

Sus pasos la llevaron de vuelta al interior, con la brisa tras ella pero no lo suficientemente fuerte como para helar la casa. Dejó el zumo sobre la mesilla del  salón  y pasó las manos por su pelo. Se sentía de nuevo así, como si lo estuviera dejando todo atrás, como si el tiempo se hubiera parado una milésima de segundo, el mismo tiempo en que ella había decidido cambiar el camino que era su vida, y todo comenzara a ser diferente. Se había sentido así el mismo día en que había comprado ese apartamento. Y ahora la misma sensación se agolpaba en su pecho. Como aquel día comenzó a quitarse la ropa.

Fue hacia su dormitorio y tras desabrocharse la blusa de color granate que tanto le gustaba, la tiró sobre la cama. Se desabrochó el botón de los vaqueros y bajo la cremallera, para poder tirar de las caderas del pantalón hasta dejarlo en el suelo. No lo hizo buscando ningún tipo de sensualidad, como cuando terminaba en la cama con algún chico. Lo hizo para ella. Algo más salvaje, algo más cómodo, y sobre todo… elegante. Se miró al espejo y contempló el conjunto de ropa interior que se había puesto ese día. Era uno de los más elegantes. Había querido sentirse bien. Sabía lo que tocaba hacer en el trabajo y la necesidad de sentirse lo más cómoda posible había podido con ella. La desabrochó y la dejó también sobre la cama. Contempló su cuerpo desnudo frente al espejo. Sabía que siempre podía encontrar fallos, sólo había que buscarlos, pero también tenía constancia de que era bastante atractiva. No demasiado alta, pelo negro y ondulado que caía sobre sus hombros, curvas sugerentes y no de las que salían en las revistas de moda, sino de las que tienen unos cuantos kilos de más, pero que sorprendentemente, encantaban a los hombres. Se sonrió a sí misma. Sabía por experiencia que les encantaban a los hombres, y esa sonrisa completaba el pack.

Pero algo fallaba en la imagen que veía sobre el espejo. Se fijó durante unos minutos hasta que lo encontró, no por el reflejo sino por el recuerdo. El maquillaje. Se dirigió rápidamente hacia el baño y buscó en su neceser las toallitas desmaquilladoras. Se paró sobre el pequeño espejo del baño y se dedicó durante unos interminables minutos a eliminar todo resto de maquillaje de su cara. Cuando por fin hubo terminado se lavó la cara con agua y se secó con una toalla blanca impoluta. Se miró en el espejo y volvió a sonreír mientras deslizaba los dedos por su pelo.

         Volvía a sentirlo en su piel, pensaba mientras iba a por su vaso. Volvía a sentir que no quedaba nada. Era solo ella y todo lo demás quedaba atrás. No se preocupó demasiado al salir al balcón completamente desnuda. Cualquiera que pudiera verla en ese momento se había ganado la vista. Ahora era ella misma y estaba en casa. Se preguntó si le sucedería a otras personas, esa necesidad imperiosa de quedarse completamente desnuda y sentir que todo lo demás no importaba, que ese momento era para ella. No lo sabía, pero le encantaba sentirlo.


Se dejó caer en la mecedora que había comprado expresamente para el balcón y se llevó el vaso a los labios. El sabor fluyó por su lengua. Cruzó las piernas y se quedó mirando las vistas. No es que fueran maravillosas, pero comparadas con otros puntos de la ciudad eran perfectas, sobre todo en ese justo momento, mientras se iba haciendo de noche y las luces se iban encendiendo poco a poco. No tuvo constancia del tiempo que había pasado hasta que notó que estaba tiritando. Era completamente de noche y ya no le quedaba nada en el vaso. Se levantó y miró al vacío  desde el balcón. Esa noche no pensaría en qué pasaría si cayera y dejara todo atrás de una vez por todas. Esta noche de verdad lo dejaba todo atrás. Esta noche era libre para pensar sólo en sí misma, libre para sentir. Cerró la puerta del balcón y volvió a su cama con la sensación de que el mundo sería diferente al despertar.

domingo, 10 de julio de 2016

Cerró la boca.


         Cerró la boca porque era su padre, y pensó que su padre sabía más que ella y que su madre, y probablemente que sus hermanas y hermanos. Así que cuando él decía algo, los demás escuchaban y hacían lo que debían. Lo que no debían era estar molestando con “peros” o “y si...” que no llevaban a nada más que a una discusión acalorada y a un dolor de cabeza innecesario. Así que cerró la boca, miró a su madre y aprendió a pensar lo que debía pensar.
        
         Cerró la boca cuando sus maestros dijeron aquello de que era buena chica, muy lista para su edad, pero que para pagarle los estudios a ella deberían hacer un sobreesfuerzo y era mejor invertirlo en su hermano mayor, que ya tenía un puesto asegurado en una empresa, a pesar de que no era muy rápido de mollera. Que ella empezaba a ser lo bastante guapa para no necesitar estudiar, porque seguramente encontraría un marido lo suficientemente adinerado como para mantenerla, a ella y a los hijos que tendrían. Cerró la boca en ese entonces, porque pensó que sus maestros y sus padres solían saber más sobre la vida y lo que merecía o no merecía la pena hacer.

         Cerró la boca cuando le gritaron en la calle, cuando no pudo ser lo suficientemente rápida ni lo suficientemente fuerte para enfrentarse a aquel que decidió que podía tocarla sin su permiso, que podía intentar robarle besos mientras le caían las lágrimas por las mejillas y le decía que no llorara, que no estaba tan guapa si lloraba. Tampoco la abrió cuando los besos se tornaron manos, ni cuando las manos se convirtieron en un dolor insoportable en el alma, en un miedo a salir de casa, en una violación autoimpuesta al volver a casa desde el trabajo. Cerró la boca al dolor y a todo lo demás, porque le habían enseñado que la gente pensaría mal de ella, porque pensaba en el fondo de su confusa mente que aquella vez que se puso una falda, que aquella otra que vestía un escote, estaba provocando y que quizás fuera culpa suya.

Cerró la boca cuando su nuevo novio la mandó a callar delante de su padre y nadie dijo nada. Lo hizo porque pensó que no era tan malo, tan solo cuando se ponía celoso o tenía un mal día. Él la quería y quería casarse con ella, así que después de decir “sí, quiero” ella cerro la boca, porque gracias a él podría alejarse de aquella calle maldita donde los vecinos cerraban las ventanas para no oler ni oír el dolor que venía de fuera. Cerró la boca porque pensó que él la protegería de ese dolor, porque él parecía fuerte y decidido, y después de tantas llamadas de teléfono para ver donde estaba sabía que se preocupaba por ella.

Cerró la boca porque pensó que se había pintado demasiado esa semana, que otros chicos la habían mirado y que ella no tenía necesidad de maquillarse para sentirse atractiva, porque quien debía verla atractiva era su marido, porque por algo era su mujer. Cerró la boca porque no había sido queriendo cuando le dio aquella bofetada de nada. Ni siquiera le había dolido y la verdad era que ella también se sentía molesta si alguien le llevaba la contraria, así que pensó que no tenía que darle demasiada importancia a aquello, porque no pasaba a menudo, y si ella se comportaba como debía comportarse no tenían que llegar a discutir, como los buenos matrimonios. Cerró la boca porque pensó que el hijo que llevaba en el vientre viviría y crecería más feliz teniendo un padre y una madre, como ella.

Cerró la boca cuando la sangre calló sobre el suelo, y tras la sangre, ella. Porque los niños lloraban, y aunque ya no veía con buenos ojos al que había sido su marido, y a veces susurraba insultos a sus espaldas, sabía que tenía dos hijos y que seguían siendo una familia. Porque las familias tenían que permanecer unidas pese a todo. Cerró la boca porque aunque ya no se creía aquellos pensamientos sabía que sus padres pensarían que todo era mentira, porque él no hacía nunca “nada” en público, sino en los oscuros y solitarios rincones del hogar mil veces maldito. Cerró la boca porque si se iba, no dejaría atrás a sus hijos, y no tenía trabajo, ni estudios, ni nadie que la apoyara porque él la había ido alejando de todos los que una vez formaron parte de su vida.

Cerró la boca el día en que cerró la puerta, el día en que se decidió por fin a abandonarlo, a coger las cosas de los no ya tan niños y desaparecer sin dar señales de vida. Cerró la boca porque sabía que muchos no la creerían, y porque ahora lo que importaba es que nadie volviera a tocar nunca a sus hijos, porque temblaban y lloraban a escuchar las pisadas de su padre al volver a casa, porque ese hijo de puta tendría que desaparecer de sus vidas y él no lo haría, así que les tocaba a ellos huir y rezar para que no los encontrara. Cerró la boca para no insultar a los vecinos al salir, porque decían buenos días a una mujer con los ojos morados, pero no decían nunca una palabra de apoyo.

Cerró la boca para no insultar a la familia de su exmarido por imprecarle por presentar una denuncia que no llegó a nada. Cerró la boca para no insultar al juez ni a los abogados que no hicieron por ella ni la mitad de lo que merecía, que se escudaban en sus papeles y en sus leyes para no ponerle rostro a ella ni a sus hijos, que a duras penas tenían para comer. Cerró la boca porque sólo quería huir y olvidar.

Pero no cerró la boca ese día. No cerró la boca cuando pese a las órdenes de alejamiento, a los juicios, a mudarse, a huir y a los llantos a las tantas de la madrugada… llegó él. No cerró la boca cuando él la apuñalo en plena calle, a la luz del día, frente a sus hijos. No cerró la boca y pese a la sangre le insultó, le gritó, lloró de dolor y consiguió devolverle un golpe mientras él la apuñalaba sin piedad. No cerró la boca mientras intentaba respirar por última vez, cuando delante de su cuerpo moribundo él se pasó el cuchillo por la garganta y se desplomó a su lado. No cerró la boca mientras lo apartaba con una patada y se despedía como podía con la mirada de sus hijos que lloraban y gritaban destrozados.


Pero al final de todo, él le cerró la boca, porque todos pensaban que debía mantenerla cerrada.


miércoles, 22 de junio de 2016

Un pestañeo de más...

        Un pestañeo de más. Un pestañeo de más es todo lo que necesitas para perder el dulce placer del sueño. Con ese ínfimo y casi insignificante movimiento pasarás del apacible y reconfortante descanso que tanto ansías a la desesperanzadora vigilia del insomne.
        
         No se trata de la luz que se filtra por esas improvisadas cortinas hechas con sábanas de invierno, ni se trata del desagradable canto de una docena de gaviotas, ni de las obsesivas ganas de ir al baño cada veinte minutos porque quieres creer que es lo que no te deja caer dormido de nuevo. Ni siquiera es la sobredosis de calor que has ido acumulando cual dinamo dando vueltas y vueltas sobre la cama. No.

Se trata de tu propia y maléfica mente. Aunque más que maléfica es compulsiva e inquieta. Porque… tras ese pestañeo de más, cuando por casualidad del destino te despiertas a las tres de la madrugada con la boca tan seca que te mueres por unas míseras gotas de agua… Es entonces, después de beber de ese vaso que dejas cerca de tu cama para calmar las ansias y te dispones a intentar dormir de nuevo, cuando esa mente tuya, aprovechándose de ese parpadeo, comienza a pensar a toda velocidad. Y ahí queridos lectores, es cuando todo, absolutamente todo, se va a la mierda.

Porque da igual cuantas veces vayas al baño, cuantas veces intentes mantenerte en la misma posición respirando calmada y acompasadamente, cuanto intentes no pensar en los planes para dentro de unas cuantas horas o unos cuantos años, que sólo hayas dormido cinco horas el día anterior y que éste vayas por cuatro, ni importa que tengas que trabajar en menos de las horas de las que has descansado, ni que te estén atormentando los ojos por el cansancio, ni que cuentes ovejas, cabras u ornitorrincos. Nada de eso funcionará.

Tu mente ha decidido que ella no tiene horarios, que tú eres su pequeño esclavo y que has de aceptar sus órdenes sin cuestionarlas en ningún momento, y sobre todo, que eres total y absolutamente insignificante ante ella.

Así que como un buen esclavo, y después de mirar el reloj tropocientasmil veces el móvil, te rindes ante ella y decides que es hora de aprovechar el tiempo y al menos ponerte a escribir algo porque tú tienes el control de tu vida (y un cojón) así que aquí estás, a las 5:18 de la madrugada, escribiendo sin decir nada y haciendo lo que quieres cuando no te apetece. Y todo por un parpadeo de más…